La isla de hormigón de J. G. Ballard


Ballard era un autor al que le tenía muchas ganas. Llevaba tiempo con él en la lista de pendientes. Me habían hablado de él mientras trabajaba en la librería, había leído opiniones favorables en internet, y varias personas que conozco me lo habían recomendado. Después de mucho tiempo con esta novela en la estantería, me lancé a por ella.

El planteamiento de La isla de hormigón captó mi atención en cuanto lo leí. Un viernes al volver del trabajo, un conductor se sale del carril de la autopista por la que circula y va a parar a una mediana. El coche queda detrozado y una de sus piernas, gravemente herida. Para regresar a la carretera y pedir ayuda debe ascender un terraplén realmente empinado. La pierna se lo impide. En mitad de la civilización, el personaje se encuentra convertido en un náufrago.

¿Fascinante, verdad? Por desgracia, el desarrollo posterior y su ejecución deja mucho que desear. A las pocas páginas el autor constata que se encuentra en una encrucijada similar a la de su personaje sin saber hacia dónde tirar. Las descripciones son tan abundantes como grises (metafórica y literalmente, pues se harta de hablar de asfalto). Va y vuelve sin rumbo, sumando tedio y hastío a la lectura, para finalmente elegir un camino estrafalario que acaba de rematar la novela.

Profundiza poco en la psicolgía del protagonista, y cuando lo hace es de manera torpe y obvia. Un suceso así precisa tener un eco colectivo: tratar el aislamiento del individuo en la urbe, o la invasión del espacio urbano por parte del tráfico rodado. O podía haberle creado un trasfondo interesante a su anodino personaje. Pero no, no encontré nada atrayente ni en la prosa ni en la historia. Practiqué el arte de la lectura en diagonal y pasé a otro libro.

Attack on Titan o Kabaneri of the Iron Fortress, ¿qué anime es mejor?


Attack on Titan (Shingeki no kyōjin) y Kabaneri of the Iron Fortress (Kōtetsujō no Kabaneri) comparten demasiados puntos en común para no tener relación entre sí.

Attack on Titan es un manga creado por Hajime Isayama que empezó a publicarse en 2009 en la revista Bessatsu Shōnen Magazine. En 2013 tuvo su adaptación animada gracias a Wit Studio, un estudio de animación japonés fundado en 2012. Fue gracias a este anime, con un primer opening brutal, que el éxito de la serie corrió como la pólvora.

¿De qué trata? Attack on Titan nos habla de un futuro posapocalíptico en el que la humanidad ha sido diezmada por una horda de monstruosos gigantes humanoides cuyo origen es un misterio. Los pocos miles de supervivientes viven sitiados tras unas enormes murallas. La historia se centra en Eren Jaeger, un joven que se une al ejército para intentar combatir la amenaza.

En 2016, cuando todo el público esperaba ávido la segunda temporada de los titanes, Wit Studio presentó Kabaneri of the Iron Fortress. Al ser una serie originalmente escrita para el estudio por Ichirō Ōkouchi (Code Geass), no tiene una contrapartida en cómic como Attack on Titan. Sin embargo, ambos animes comparten tanto director, Tetsurō Araki, como compositor musical, Hiroyuki Sawano.

No terminan ahí las diferencias. La serie de 2016 tiene como protagonista a Ikoma, un joven inventor que crea armas para hacer frente a los kabane, una especie de zombis que sólo pueden ser derrotados destrozando su corazón de plomo. En su universo particular, la sociedad vive concentrada en estaciones amuralladas conectadas únicamente por vías por las que circulan trenes acorazados.

Si Attack se sitúa en un futuro donde se ha retrocedido hasta la época feudal europea y se combate a los gigantes con un juego de cables para sobrevolarlos y una combinación de golpes de espadas parecidas a katanas, Kabaneri se ubica en la era feudal nipona y tiene tanto samuráis como trenes y máquinas de vapor capaces de destrozar el corazón de los zombis.

Como se puede ver, una es el negativo de la otra. Y el detonante es muy similar también: una zona que se consideraba segura es asaltada y sometida por el demoníaco enemigo. Es en ese momento en que los protagonistas deciden actuar, considerando que seguir ocultos en sus refugios no es la solución: la salvación de la humanidad pasa por la lucha contra las fuerzas maléficas.

Ambas series me engancharon con sus comienzos, pero tras el fuerte despegue de Attack, me topé con episodios muy aburridos y lentos. Su ritmo tiene muchos altibajos: del frenesí más absoluto al sopor de los momentos de calma. Kabaneri tiene también algún bajón pero es más trepidante a lo largo de más episodios.

Si comparamos el estilo, la serie de 2016 me gusta mucho más. Me retrotrae al anime de los ochenta, tan detallado y recargado. Incluso el diseño del personaje de Mumei me recuerda a Alita (GUNNM). El apartado visual me dejó tan hipnotizado que creía que iba a ser mejor anime de los dos, pues a duras penas había terminado la primera de Attack.

¿El problema? Kabaneri es puros fuegos artificiales. Su guión no tiene pies ni cabeza. Hay veces que resulta absurda y otras, simplona. La historia de los titanes, en cambio, se vuelve más apasionante a medida que avanza sin caer en clichés. Pese al dibujo horrible del manga, la historia tiene una profundidad política y una coherencia interna que ya quisiera Juego de Tronos.

Si se quiere ver una serie para pasar el rato, sin calentarse demasiado la cabeza, Kabaneri of the Iron Fortress es ideal. Si se desea comenzar una que tenga un largo recorrido y no defraude con lugares comunes ni con un argumento insustancial, sin duda alguna recomendaría Attack on Titan. Hajime Isayama no tendrá talento con la plumilla, pero con la pluma le sobra a raudales.


Un lloc anomenat Antany de Olga Tokarczuk


Vivir cerca de una biblioteca es calidad de vida. Siempre lo repito y mi pareja siempre me contesta: "¡Pero si no vas nunca!". Y es cierto, voy poco, pero cuando voy, ¡premio! En la estantería de recomendaciones había este libro: Un lloc anomenat Antany. Autora eslava y traducción catalana, una conjunción que me ha dado grandísimas alegrías tales como:
Un lloc anomenat Antany (Prawiek i inne czasy, 1996) es la novela más conocida internacionalmente de la escritora polaca Olga Tokarczuk. Fue publicada en España en 2001, en castellano por la editorial Lumen y en catalán de la mano de Proa. Tras disfrutarla, no puedo más que recomendar la traducción catalana de Anna Rubió y Jerzy Sławomirski: maravillosa, exquisita.

La narración recorre la historia de una aldea llamada Antany (Antaño) desde el estallido de la Primera Guerra Mundial hasta décadas después de la Segunda Gran Guerra resiguiendo el camino de tres generaciones de una misma familia. Pero no sólo saltamos de madre a hija. También nos metemos en la piel del rico del pueblo, del cura, de la vieja enajenada, de la prostituta, del fantasma.

Cada capítulo es una aproximación distinta a lo que ocurre, pues cada uno se sitúa en la piel de un aldeano distinto. Esta novela coral no deja desamparado a ninguno de sus personajes y muestra su evolución como testigo del paso del tiempo, mostrado con envidiable fluidez e inteligencia. Los vemos aparecer y desaparecer, sucederse y extinguirse.

Su mezcla de realidad y mito refleja cómo hubiera sido el realismo mágico en un mundo cubierto por la nieve, un estilo acaso más contenido y discreto, pero talmente fascinante y cautivador. Desde la magia de los encantamientos, a los poderes ocultos de la Naturaleza y el misticismo religioso, estas pinceladas fantásticas completan e iluminan una pintura profundamente íntima.

Recuerdo que tras un inicio que me atrapó, los capítulos entre ambas guerras llegaron a decepcionarme. Los tomé como el presagio de un libro aburrido. Me equivoqué. Las siguientes páginas volvieron a reavivar mi atención. Me dejé arrastrar por el relato, disfrutando de la prosa y esperando con avidez qué sería lo próximo que les sucediera a los personajes y su aldea.

Un lloc anomenat Antany es una de mis más gratas sorpresas como lector de este 2017 y, creo también, de estos últimos años. Con las apenas 250 páginas, Olga Tokarczuk deja patente en esta su tercera novela las cualidades que la han colocado en el lugar que le corresponde en la actual literatura polaca. La recomiendo sin dudarlo.

Dos al infierno y una al purgatorio: Las últimas supervivientes, La guerra de los mundos y El francotirador

Las últimas supervivientes
(The final girls, 2015)

La idea me apreció original y muy divertida: un grupo de amigos van a una maratón de películas clásicas de serie B y acaban encerrados en una de ellas. Para sobrevivir, deben arrimarse a la que ya saben que va a sobrevivir. El contraste entre la vida real y los clichés de este tipo de cine auguraban buenas risas. Esperaba, por lo tanto, un acercamiento irónico y metaficcional. Pero no. Al final tenemos otra peli de mierda de serie B a la que se le suma todo lo malo del slasher para adolecentes.


La guerra de los mundos
(War of the Worlds, 2005)

No me pareció ni entretenida. Estúpida sin concesiones. Ahora parece que va a haber algo que... no, no, otra gilipollez. Y a partir de la mtiad de supera. Nada tiene sentido. El final de terroncito de azúcar made in Spielberg es para hacerse modelo y no sacarse los dedos de la garganta. Evidentemente, la escena del coche en movimiento mientras la cámara gira a su alrededor y se introduce en el vehículo, muy bien, pero con ver el vídeo en Youtube vas que te matas.


El francotirador
(American Sniper, 2014)

Esta es una película correcta de Clint Eastwood. Patriótica, directa a lo que va, sin plantearse la validez de las razones que engendradon el monstruo de la guerra de Irak. Chris Kyle tiene un sentimiento del deber casi enfermizo y se alista para proteger a su país. Seguimos su evolución, las duras decisiones, las dificultades de ser soldado. A su alrededor, los demás sí se cuestionan cosas, pero él hace lo que debe. Si tuviera que elegir, prefiero el enfoque de En tierra hostil (maravillosa).

El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge


La primera vez que vi este manga en mi tienda de cómics habitual, me llamó la atención por el título, pero luego su dibujo no me atrajo. Unas semanas después, una amiga mía que había vuelto de Alemania, me habló de él y renovó mi interés. Y ya se sabe, cuando algo quieres, desaparece, como el camarero.

Pregunté en la tienda de cómics y me contestaron que no estaba disponible. Estuve esperando a ver si lo reeditaban. Por unos de esos azares poco probables, el nefasto algoritmo de recomendaciones de Amazon me lo sugirió. Cerré la ventana del navegador porque prefería comprarlo en la tienda, pero volví a preguntarle al librero, y nanay.

No sé si había algún problema con la distribución, pues online se podía conseguir. Recuerdo que, hace tiempo, hubo un cómic que sólo se estaba sirviendo a las grandes superficies, y los pequeños comercios tenían que joderse. En fin, tampoco le di demasiadas vueltas. Coincidió que en aquellos momentos no tenía tiempo material para leer nada y pospuse la compra.

Cuando el calendario me volvió a ofrecer huecos, me tiré de cabeza al carrito amazónico. Me llegó a los dos días en un paquete junto con Big Mushy Happy Lump de Sarah Anderssen (si se peca, se debe comprar el doble para arrepentirse la mitad de veces). Lo leí un viernes de un tirón, sin apenas respirar, visto y no visto. Y me fui a dormir con una depresión de caballo.

Sukezo Sukegawa vende piedras. En su día, tuvo éxito como dibujante de manga, y hasta como reparador de cámaras fotográficas, pero ahora se dedica a pasar el día en su puesto de piedras plantado a la orilla del río Tama, donde hay guijarros por doquier. El infeliz espera encontrar una roca de forma inusual o fascinante que lo haga millonario.

No es tan tontería como suena. El coleccionismo de suiseki, piedras con forma de animales o paisajes, tuvo su auge y llegaron a pagarse pequeñas fortunas por algunos ejemplares. Sin embargo, cuando Sukezo se dedica a ello está tan de moda como ahora el tamagochi o los pastelitos de Tarzán. Se dedican cuatro gatos que, desde luego, no están interesados en los cantos rodados del río Tama.

Su apatía está llena de desencanto e ineptitud. No sólo deja que la vida pase delante de él, sino que parece perseguir adrede el fracaso. Lo peor del asunto es que tiene mujer e hijo, y los arrastra con él a la indigencia. Ella tiene los pies destrozados de trabajar. El hijo tiene que ayudarla mientras el padre sigue en el río intentando vender piedras...


La relevancia de Yoshiharu Tsuge está ligada a Garo, una revista crucial en la historia del manga en la que apareció gran parte de su obra. De perfil underground y vanguardista, Garo daba total libertad creativa a sus autores. Esta ausencia de restricciones la convirtió en el lecho propicio para el gekiga, un estilo dramático que se alejaba del dibujo caricaturesco instituido por el maestro Osamu Tezuka.

Su razón para desmarcarse del término manga, que significa "garabato", era la misma por la que Eisner creó el término graphic novel (novela gráfica) en oposición a comic-book. Querían reflejar la madurez de un medio capaz ya de narrar historias dirigidas a un público más adulto con tramas y personajes psicológicamente más complejos.

Tsuge fue pionero en el llamado "manga del Yo" (watakushi manga), nombre prestado de la literatura. Las novelas del Yo (watakushi shōsetsu) surgieron a principios del s.XX para hacer frente al movimiento naturalista importado de Occidente. Por su carácter realista y autobiográfico, debían estar escritas en primera persona, además de utilizar un lenguaje menos formal.

Sukezo es, pues, en el alter ego de Yoshiharu Tsuge, quien también abandonó el manga agobiado por el cambio producido en los 70 en la industria editorial nipona para malvivir en la pobreza. Esta restructuración acelereró la producción de entregas mensuales a semanales y dio mayor relevancia a la figura del editor en detrimento de la libertad creativa del autor.

En su rechazo a este nuevo mundo donde la velocidad supedita el arte a las reglas del mercado también pesó una depresión crónica que padecía desde su juventud. Ni él ni sus personajes saben encajar en el nuevo esquema social que, tras la Segunda Guerra Mundial, transformó Japón por completo. Tanto esta como el resto de sus obras son testimonio fehaciente de ello.

El egoísmo y el empecinamiento absurdo de Sukezo recibe así el juicio despectivo y las risas burlonas del lector, pero también su compasión y empatía. ¿Quién no se ha sentido alguna vez fuera de este mecanismo que avanza sin preocuparse de quién deja atrás? El hombre sin talento es el vivo retrato de la desorientación del ser humano ante la modernidad imparable que nos dirige y nos arrolla.

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